El día que volé

Ya os conté en este pequeño adelanto, que entre mis planes a corto plazo estaba el de acudir a una clase de VUELA: Danza aérea; y  que os contaría mi experiencia (si sobrevivía).
Pues bien, he sobrevivido, y aquí estoy para contaros como transcurrieron mis dos horas por los aires.

Llegué a la calle San Cosme y San Damián cuando era ya casi de noche (fui a la clase de las 20:30), con ropa de deporte y un poco nerviosa. Entré y pregunté por Juan Leiba, que me estaba esperando. Al lío.

Cada uno hace lo que puede
Cada uno hace lo que puede

La clase se desarrolla en lo que sería el patio de butacas del Teatro del Arte. Todo está preparado de forma que sea seguro y divertido.
Tras un calentamiento de media hora, empezamos.

Lo primero fue probar el arnés trasero. Un poco complicado de poner (también es que yo soy de naturaleza torpe, todo hay que decirlo).
Con el arnés puesto, nos anclamos a la cuerda. La altura tenía que ser la suficiente como para que al ponerse de rodillas, estuviéramos unos centímetros por encima del suelo.

Las risas fueron una constante
Las risas fueron una constante

Para comprobarlo, momentazo: hay que dejarse caer. Admito que me costó bastante: “María, venga”, me decía Juan. Cerré los ojos y ¡plaf! Colgada.
Desde ahí, todo fue bien: Juan nos fue enseñando varios movimientos y posturas, que una vez  te quitas el miedo, son muy divertidos y te permiten descargar bastante adrenalina.

Juan ilustra los movimientos y las coreografías

Cuando ya le había “cogido el truco”, llegó la hora de cambiar al arnés frontal y tratar de andar por la pared. Y eso ya sí que no fue posible para mí: el momento de bajarse de la escalera me costó, pero fui capaz. Pero desde ese momento, lo único que recuerdo fueron varios comentarios de “suelta la cuerda, suelta la cuerda”. Y no.

Como podéis ver, unas sufrimos más que otras
Como podéis ver, unas sufrimos más que otras

La verdad es que fue una experiencia muy original y repetiría (de hecho, si os acercáis, lo mismo me veis alguna clase por ahí), y esa noche dormí como un bebé. Y aunque en un primer momento pensé que al día siguiente las agujetas iban a matarme, sólo notaba una molestia donde había estado el arnés (me lo apreté tanto e insistí en que estuviera tan fuerte, que me sorprende que no se me engangrenaran las piernas).

Con Juan, después de dos horas volando
Con Juan, después de dos horas volando

Un plan original y divertido del que seguro no te arrepentirás de dedicar un par de horas a la semana.

Isabel Alonso

Isabel Alonso

Madrileña de pies a cabeza. Adoro Madrid de punta a punta. Mi máxima: "No dejes para mañana, las risas que te puedas echar hoy" :)

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